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Oslo (2021): ni emocionante ni original

Oslo es la típica película que tiene como tema central la negociación o el diálogo entre dos puntos de vista que parecen irreconciliables. En este caso, hablamos del conflicto palestino-israelí. El objetivo de esta producción de HBO, dirigida por Bartlett Sher, es el de presentar la ansiada paz como un final idílico (y puede que utópico) al que las dos partes deben llegar, aunque para ello tengan que renunciar a sus principios. Esta línea argumentativa avanza intentando tocar la fibra emocional a un espectador que ya conoce el final antes de comenzar, aunque para mí se queda por el camino.

No cabe duda de que el conflicto palestino-israelí es complejo, sobre todo para un espectador europeo que mira todo desde una situación privilegiada. Si alguien cree que esta película le ayudará a comprender mejor el conflicto o le aportará algo en términos históricos, está equivocado. Su mayor fuerza reside en representar las imágenes más duras del conflicto: ciudadanos de ambos bandos matándose entre sí. Una guerra entre hermanos, como casi todas. Sin intención de ser irrespetuosa, estas imágenes ya las hemos visto mil veces tanto en las noticias como en otras producciones y ya nos resultan indiferentes (aunque no deberían), por lo que el intento de sumergirnos en ese aura trágica se queda en eso, en un intento.

Los protagonistas son una pareja noruega que ha vivido un episodio de esta guerra en primera persona (se da por hecho que su papel era de turistas) y se han quedado traumatizados. Desde Europa intentan mediar entre las dos partes y en la ciudad de Oslo reúnen a representantes de ambos bandos para que lleguen a un acuerdo: la película tiene una base de realidad, que son los Acuerdos de Paz de 1993. Ellos pretenden no influir en ninguna decisión, aunque, como era previsible, terminan haciéndolo. Independientemente de esto, Oslo consigue mantener una extraña imparcialidad, lo que quizás le lleva a no presentar los hechos de manera objetiva.

Recuerdo una lectura del escritor israelí Amos Oz (Contra el fanatismo) en la que se exponía que lo contrario a la guerra no era la paz, sino el amor entre los dos pueblos (cosa mucho más difícil de conseguir). En medio de esto, realiza una crítica al punto de vista europeo que siempre pretende buscar malos y buenos en todos los conflictos; si atendemos al conflicto palestino-israelí, dice Oz, es un conflicto en el que no hay buenos ni malos puesto que todos luchan por motivos justificados. En esa línea dudosamente imparcial avanza la película.

Al mostrarnos el conflicto desde el punto de vista de los que luchan y mueren, que siempre son los de abajo, es evidente que genera en el espectador una cierta compasión: mientras el pueblo se mata, probablemente sin ni siquiera saber por qué, un puñado de hombres discuten sobre un conflicto político de más alto nivel. Esa cara nos muestra Oslo, y, aunque todo el mundo sabe que esa actuación puede aplicarse a prácticamente todos los conflictos de la Historia, nunca está de más hacérselo ver a la gente. Con todo, el móvil del conflicto está representado en esta producción como una especie de vuelta al hogar: “es mi casa y me quedo” frente a “es mi casa y por eso deberías irte”.

Otra de las cosas que más me han llamado la atención es la especie de filtro de color amarillento que se cuela en la imagen cada vez que el escenario se sitúa en Israel. ¿Qué sentido tiene? No sé, pero alguno supongo que tendrá. Quizás pretende representar algo, aunque yo creo que en la mayoría de casos únicamente hace que el espectador se pregunte “¿qué le pasa a mi tele y por qué se ve así?”. Esta técnica de filtro de color también aparece en las imágenes de guerra: en este caso es un tono grisáceo el que inunda la pantalla, pero quizás tiene más sentido que lo anterior en un intento de representar la polvareda que se levanta. El tratamiento de la imagen no ayuda especialmente a que Oslo sea algo más que un aprobado raspado.

Si tengo que sacar una buena conclusión, sería que, pese a todo, es una película que me tuvo dos horas frente a la pantalla aun sabiendo cómo terminaba. ¿Que podría haber empleado esos 120 minutos para algo mejor? Sin duda, pero Oslo es aceptable para pasar el rato. Me ha recordado por momentos a la película española Negociador (2014), la cual he visto hace poco, debido a que presenta el mismo patrón: en este caso, es el gobierno español quien se reúne fuera del país para negociar con representantes de ETA. Por ello, no considero que la película sea muy original ni que se haya aprovechado bien la tensión y la emoción que el tema plantea. Pasable, nada más.

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