Avances forzosos

Cuando hablamos de un avance, casi siempre se nos viene a la mente algo positivo. Avances tecnológicos, sanitarios, educativos y de todo tipo. Sin embargo, no está mal recordar de vez en cuando que un avance puede traer consecuencias negativas. La evolución hacia tendencias que no asegurar un incremento del bienestar individual o social.

Andaba yo tiempo detrás de un reportaje sobre los bancos y su progresivo abandono del trato humano. Pero se me adelantaron los grandes medios gracias a un activista entrado en años que pretende poner en el mapa a los ancianos no tecnológicos. Porque la abuela usa WhatsApp, sí, pero lo mismo no sabe manejar el software de la aplicación de su banco. O no se entiende muy bien con el cajero y no sabe por qué ahora los bancos ya no dan cartillas y tiene que ver el movimiento de su dinero a través de cifras en una pantalla.

Pues si esa pobre mujer de avanzada edad del ejemplo no sabe o no quiere hacerlo, yo tampoco. Qué carajo. Ni que todo el mundo estuviera obligado a saber manejar un teléfono móvil de última generación para conseguir que un médico le atienda cuando la sanidad dice ser pública y universal. Los mayores no se deben adaptar a la tecnología, sino al revés. Y si no se puede, es porque algo falla. O porque nos olvidamos de quienes aprendimos.

La grandeza de las sociedades, decía uno, se mide por el grado de atención que se le presta a sus mayores. Pues por aquí, siguiendo este índice, vamos de culo. Porque nuestros abuelos no saben gestionar sus recibos desde el teléfono móvil y resulta que el señor que le atendía en la caja del banco en un horario cada vez más reducido ya no está; no hay caja. Apaga y vámonos. Ahora se encomiendan a la buena voluntad de algún buen samaritano, hijo o nieto accesible en ese momento. Pero no se puede vivir de favores cuando se trata de un fallo en el sistema.

Y hablo de bancos porque por lo menos los ancianos pueden ir a ellos a pelearse con la pantallita. Porque los centros médicos de atención primaria son campo inexplorado para la mayoría desde hace ya dos años. Y cada vez más y más trámites y gestiones a través del telefonito con una tasa de envejecimiento poblacional altísima. Pues ya puede haber nietos informáticos muy listos.

Mientras que las máquinas ganan terreno, nuestros mayores sufren el abandono paulatino de unas administraciones frías e inhumanas que hace tiempo que antepusieron sus necesidades a las del resto. Mientras se llenan sus asquerosas bocas hablando de minorías, los viejecitos hacen colas para ver si, con algo de suerte, consiguen hacer una transferencia. Poco nos pasa.

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