Imagen de un empleado dormido en el trabajo

Producto de la infame rutina

Hoy tocaba leer “Esto es agua” de David Foster Wallace, un ensayo propuesto en clase sobre la falta de empatía, la poca capacidad de ponernos en la piel de los demás en momentos nuestros que son incómodos, aburridos o malos por razones de cansancio, agotamiento mental o, simplemente, estar mal. Resulta que elaboré una reflexión, pero ignoré los límites de extensión del texto marcados en la actividad y me vi condenado a desechar esta reflexión. En lugar de que se quede en la papelera de Windows, he decidido que es mejor subirla y que me peguen palos verbales -mejor si son desde el respeto- por ello.

*Bibibibi*. Primera vibración del móvil y ya estoy despierto. No hace falta que ni que suene el chirriante sonido del demonio que me obliga a levantarme un día más. Mi primer pensamiento al abrir los ojos: ¡qué siesta me voy a echar hoy! Voy al baño, me lavo la cara y me preparo el desayuno. Cojo dos rebanadas de pan y las coloco en la tostadora. Bajo la lengüeta que la activa. Abro el armarito para coger una taza. Abro la puerta de la nevera y agarro el primer tetrabrik que hay. Quito el tapón -“qué colorido está el envase. Habrán cambiado el diseño”- y medio segundo antes de verter el líquido sobre la taza, vuelvo a poner el cartón en vertical a la velocidad de la luz. “Caldo de pollo”, pone bien en grande. “¿Quién **** ha puesto el tetrabrik de caldo en el **** sitio de la leche?”, grito para mis adentros. Ahora sí, vierto sobre la taza la cantidad de leche justa para una taza de café. ¡PLAS! Me pego un susto con la misma tostadora de todos los días; hoy estoy especialmente dormido. Caliento la leche en el microondas y vierto varias cucharadas de café soluble que, de verdad, necesito.

El día anterior fue cansado, mucho trabajo, de aquí para allá, una hora y pico de metro de ida. Saludar a gente, hacer una presentación con nervios de más por un profesor que te lleva a una situación de tensión muy desagradable. Sé educado con el camarero de la cafetería: “buenas tardes, un café solo para llevar, por favor, muchas gracias”. Luego mantener tu compostura y tu postura rígida, que me toca hacer televisión y la imagen lo vale todo. Acepta críticas, acepta elogios. Aguanta que pasen los otros veintiún alumnos por delante de la cámara, elogios y críticas personales incluidas. Acabamos, salgo del estudio: es de noche. Viene el de seguridad y nos dice que nos vayamos ya, que tiene que cerrar.

Una hora y pico de metro de vuelta, ”espera, ¿qué me hago de cena?” hago inventario en mi mente de lo que tengo y si no, paso un momento por el súper. Pero qué digo, si ya está cerrado, me tendré que apañar con lo que tenga, y sacar ingenio para salir adelante en un piso de estudiantes.

Es noche de Champions. La radio en el metro me transporta al partido que me estoy perdiendo. Llego a casa y lo pongo en el ordenador. Uno cero, gol del rival. Acaba el partido y encuentro algo de tiempo para poder relajarme para, después, ir al sobre para reiniciar la rutina, como quien vive en un bucle.

Los hechos aquí narrados son la suma de momentos donde he estado anclado a una rutina que consumía mi interior como si de una vela se tratase. El mundo real combustiona esa vela que está obligada a oler bien, a ser reutilizada cuando la cera se solidifique. Pero la realidad es que, con cada combustión, un poco de cera se evapora hasta el día en el que la vela no puede prenderse más.

“Pensar de esta manera es mi configuración predeterminada. Es la forma automática e inconsciente con la que experimento lo aburrido y frustrante de la vida adulta, una vez que opero con la automática e inconsciente creencia de que soy el centro del mundo y que mis necesidades y sentimientos inmediatos son lo que deben de determinar las prioridades del mundo”. Parece hasta obligatorio sentirse así, pues el agotamiento es tal con las jornadas laborales tal como son que uno no puede ni pensar en sí mismo; como para poder pensar en lo que nos rodea.

Era el fútbol la vía de escape para aquellas generaciones anteriores a la nuestra, a lo que nosotros acudimos a Netflix, los videojuegos o, quien más o quien menos, a la cerveza barata o hasta la hierba. ¿El objetivo? Evadirse de una realidad agotadora y frustrante donde el conteo del reloj retumba como si de un martillazo en el pecho se tratara.

¿Y si expones esta situación? “Pasar hambre es lo que a ti te falta”, “¡generación de cristal!” y un sinfín de comentarios despectivos que desechan y cancelan tu denuncia. Disculpen por vivir en un momento social donde nos empezamos a preocupar por la salud mental y por el bienestar que vosotros garantizasteis. No sé qué plantearán las generaciones futuras, pero espero que den un paso más en el desarrollo de una vida digna.

Como dice David Foster Wallace: “La cuestión aquí es la vida antes de la muerte. Es llegar hasta los treinta, o tal vez incluso los cincuenta, sin querer dispararse a sí mismo en la cabeza.” Un David Foster Wallace que padecía una depresión gigantesca y terminó por ahorcarse en 2008.

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